Entre los miedos de una nueva experiencia de aceptación institucional, hoy he vuelto a descubrir porqué me gusta ser maestro. Una sonrisa, el abrazo de una persona que a su corta edad te ofrece su amistad y cariño, desviviéndose por demostrarte lo bien que está progresando en su lucha contra sus propias miserias, es el mejor regalo que la humanidad puede recibir y que a mi me dejará esa huella que recordaré al final de mis días. Muchas sonrisas por ver, muchos abrazos por recibir y la infinita capacidad de mejorar las condiciones del mundo son las ilusiones y las realidades que me empujan a seguir pasando por el aro de vez en cuando. Quizás algún día se rompan los aros.
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